viernes, 16 de diciembre de 2011

Nada es permanente a excepción del cambio
Heráclito

Recordado compañero de infancia:
Desde siempre anduvimos por la misma ruta de nuestros sueños, quizás la misma calle nos inundó desde el principio. Gozosos nos escudriñábamos en sus aceras diáfanas sin sabernos aún; sin presentirnos en una existencia cercana, coetánea. La primavera de las calles adornaba los paisajes y yo aprendí a dibujar sobre sus hojas verdes, derramadas en el suelo como el rompecabezas de mi alma. El cielo que se abría azul, tras el batir de alas de los azulejos, era el lugar más íntimo en el que mis pies andaban y gozosos para jugar a los trompos. Tus alas, tan pálidas como las mañanas, lograron confundirse con los nubarrones en donde nos deteníamos con los cometas legendarios, por instantes, a mirar el ancho mundo que poco a poco se teñía de una gris nostalgia.
En un día, en el que bajabas los pabilos de tu papalote porque él rocío no te dejó volar, yo emprendí mi fuga hacía el horizonte más cercano, desplegué mis sueños para pensar tranquilo y en la mitad de mi mar encontré el silencio truncado por las olas de un sueño extraviado. Juntos creamos una utopía: seguir siendo niños, anclamos nuestros juegos, y nos hundimos en ellos sin olvidar el camino de regreso. Dormíamos  bajo los olivos, siempre a la espera de la lluvia amarilla de mariposas muertas, que adornaban nuestro barrio que nos protegía. Aprendimos a hablar en silencio sobre Amanda hasta que en silencio nos fuimos perdiendo. Nos fuimos distanciando, en donde fuimos eslabones de palabras no pronunciadas por un par de lenguas ocupadas, dominadas por el sigilo y las urgencias de la juventud. La vida cambió  rotundamente, plagadas de horizontes inexplorados, de soles cálidos sobre el  cielo y miradas extraviadas entre el marrón caoba de tu alma y el verde selva de la mía.
 Si, así éramos Salvador y yo: el día soleado y la noche fría. Un día, sin darnos cuenta, comenzamos a desdibujarnos. Primero fueron las palabras que comenzaron a convivir en el desencuentro de las lenguas, después vinieron las ausencias amicales y del alma, hasta que finalmente la angustia se convirtió en silencio. Su manera de pensar en singular se convirtió en mi forma de negarlo y mi sueño de libertad edificó el rumbo de sus velas. Salvador y yo siempre fuimos dos por el mismo camino, sólo que éste, en nuestro caso, se interrumpió.  Comenzamos a no vernos, a no pensarnos, a no caminar ni continuar nuestra rutina lúdica. Jugamos a olvidarnos.
Al final me convertí en una huella de arena, en un susurro de árbol mezclado entre el aire y la lluvia, en una hoja de fresno que no cae sobre los campos porque el devenir de los días y de las noches ha callado a los azulejos. Yo, César, decidí volver a mi navío anclado, aún, en aquel horizonte  donde nació la utopía. Elevé mis velas y vi como las suyas se alejaban con el sol, hasta perderse en ese lugar inquebrantable donde no hay cielo, ni mar, ni tierra; en el vago recuerdo de los sueños donde de mi atribulada alma  irrumpe y manifiesta: “No cometas olvido”                                                                                                                                                                  El Grupo de la Cometa

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